Rosario
Viernes, 12 Junio 2020 09:16

Pantallas y Educación

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Ciertamente nuestro día a día se ha llenado de pantallas. Ellas median muchas de nuestras actividades cotidianas: informan, comunican, forman, divierten. 

Hoy la televisión va cediendo el lugar de supremacía como reina del entretenimiento, que detentó en las últimas décadas. Sus enemigos son los monitores, Smartphones y las consolas de videojuego.

El tiempo frente a una pantalla o “screen-time” es el tiempo que un individuo pasa utilizando alguna de las siguientes tecnologías: televisión o proyectores, medios móviles (celulares dispositivos de reproducción de video y música portátiles, tablet), computadora y videojuegos.

¿Cuánto es el tiempo es prudente que nuestros niños, niñas y adolescentes estén frente a una pantalla? Sería una buena pregunta para hacernos en estos días en que las contingencias que se desprenden del aislamiento preventivo y su relación con necesidad de seguir educando. Pero también una cuestión que nos permitirá plantar el futuro post Covid-19, partiendo de la reflexión de la coyuntura actual poder divisar un futuro mejor para nuestros educandos.

Desde hace más de una década prevalecen las recomendaciones establecidas por la American Association of Pediatrics que establecen que el tiempo de pantalla diario no debe sobrepasar las dos horas en niños y adolescentes.

Cierto es que la recomendación de los American Association of Pediatrics fue pensado para un tiempo de normalidad, pero no por ello debemos perderla como horizonte aún en tiempos de crisis.

Evidentemente en los tiempos pre Covid-19 los rangos citados ya estaban sobrepasados. En el excelente informe “La Generación Interactiva en Iberoamérica. Niños y adolescentes ante las pantallas” del año 2008 realiza un exhaustivo estudio del uso de las tecnología de los niños, niñas y adolecentes de la región.

Con respecto a los consumos en nuestro país apuntamos dos datos que creemos importantes, los niños y niñas de entre 6 y 10 años ven un promedio de 4 horas diarias de televisión. El otro punto interesante es la afirmación de que

“los jóvenes hacen un uso simultáneo de los medios sin anularlos, algo que deja perplejo a los adultos desde su mirada. En virtud de estos patrones de consumo, cada adolescente pasa en promedio alrededor de seis horas al día con los medios de comunicación y en el caso de los jóvenes de mayores recursos lo hacen hasta siete horas y media.”

Debemos sumarle que en este tiempo de aislamiento nuestros niños, niñas y adolescentes han perdido no sólo el contacto de sus compañeros en la escuela, con todo el peso representativo y subjetivante que el proceso de socialización secundaria conlleva, sino también el momento de trasladarse hacia ella, el encontrarse en la esquina, los espacios de recreación y divertimento. Ante esta pérdida del encuentro real gana terreno la virtualidad.

Sin duda el acceso a este terreno virtual no está al alcance de todos por igual. La fisura social que dejaba en claro el estudio de Bringué y Sábada lejos de desaparecer se ha marcado aún más en los últimos años.

A esto debemos sumarle que en este no-territorio virtual la personalidad muchas veces se vicia y debilita, ya que tienen que convivir con un afuera que está adentro, para comunicarse con alguien que está aquí pero mediado por la distancia.

El Observatorio de Adolescentes y Jóvenes (OAJ) del Instituto Gino Germani de la Universidad de Buenos Aires ha elaborado recientemente un brillante informe donde aborda el problema en forma polifacética. Allí sobre este tópico afirma:

“El acceso efectivo a dispositivos e internet y las personalidades, timideces y temores, se presentan para lxs adolescentes como barreras adicionales en la sociabilidad virtual, deteniendo la exploración social en momentos muy decisivos de formación de la personalidad y seguridades. El núcleo familiar emerge como único espacio de socialización lo que rigidiza los lazos sociales y “achica” el horizonte de posibilidades, en muchos casos cercenando la expresión de los miedos y en muchos otros casos, profundizando violencias que quedan “secretizadas” y “cercadas” por el encierro.”

En estos tiempos las clases han tomado las casas, y para hacerlo se ha valido mayormente de las pantallas. Ellas que hasta ahora habían sido aliadas del divertimento y el ocio cerraron filas con la educación.

Los docentes reiventaron el sistema educativo en cuestión de días salvando el año escolar. En el camino se llevaron puesta a la reina de del entretenimiento y al resto de las pantallas de la casa.

“La educación y el ocio, como veremos, son dos prácticas sociales en las que lo común y lo propio de la adolescencia, o si se prefiere de los y las adolescentes, adquieren una de sus mayores cotas de visibilidad; ambas forman parte de los procesos que explican el crecimiento de los adolescentes y los significados más estimables de la “aventura de hacerse mayor” (Castillo, 1999). El ocio, ya sea como juego o recreación, entre las opciones que ofrece para el descanso reparador, el mero “pasatiempo” y el desarrollo personal, siempre se ha asociado a la infancia y a la adolescencia: un patrimonio común, simbólica y materialmente construido desde diversos tiempos (vacacionales, extraescolares, etc.), puesto al servicio de las generaciones más jóvenes de la sociedad, que más allá de los compromisos familiares y escolares, se espera que proporcione beneficios saludables para los procesos de socialización, incluso teniendo como horizonte la vida productiva.”

Tradicionalmente el tiempo de la educación fue considerado como el tiempo de la obligación, mientras que el del ocio ha sido el espacio para ejercer la libertad. Las obligaciones nos contactará con nuestro ser social, me enseñarán a formar parte de una sociedad, a insertarme correctamente en ella. Mientras que el espacio de libertad es el espacio de construcción personal, de ocio creativo, de introspección. La personalidad para desarrollarse sana debe no sólo tener ambos espacios, sino poder diferenciarlo para que la adaptación a ambos sea la pertinente.

Podemos concluir que las pantallas han resultado ser un instrumento fundamental para poder dotar de un cierto aroma de normalidad a este tiempo de crisis. Donde el Covid-19 impuso la necesidad de distancia la creatividad y la necesidad hicieron de los medios de comunicación masiva y las redes sociales la plaza que no se puede pisar, la escuela que no se puede habitar, el amigo que no se puede visitar, el familiar que no se puede abrazar. Sin embargo, como cualquier medicamento mal administrado o consumido en dosis incorrectas puede ser letal.

 

Fabián Jesus Ciampechini

Profesor de Filosofía y Ciencias de la Educación

Profesor de Música

Miembro del concejo directivo de Sadop Rosario

Congresal provincial y nacional de Sadop